I.- La
mordida mas fuerte
Hasta ese día nunca supe de que
iba el sabor de la humedad y por ende el del lodo. Vino esa pequeña lombriz a
enseñarme ambos. Porque hoy llueve. Una lluvia lenta y penetrante, como la medianoche
en la que cae. A ratos pareciera que las lúgubres gotas de hielo atravesaran el
pasto y los dos metros de tierra que me separan de la superficie. Y con unos
siniestros “tic toc” tocaran a las puertas de mi ataúd. “¿Quién es?” trataría
de murmurar en voz baja para no molestar a mis vecinos. La ironía de mis
fúnebres aposentos me respondió con un macabro crujir de madera. Y deberán
saber que también muerto es posible estremecerse en alma, porque en ese momento
lo supe. Todo se silencio abrupta mente, pero aun llovía y las gotas se
avergonzaron de caer y hacer ruido. Y dejaron de hacer estruendo. El viento
dejo de fluir. Hasta las larvas que yacías ansiosas por roer lo que quedaba de
mis putrefactos órganos, se apaciguaron. Algunos gusanos aun se movían en los
trozos restantes de mi cerebro, estimulando mi lóbulo parental izquierdo, por
ende, mis recuerdos. Memorias, la mayoría difusas. Una menor parte eran
estrobos de violencia y en la mínima porción había “cariño”.
“Fue
curioso nos conocimos por accidente. Una tarde de verano en los húmedos pastos
de Central Park. Tu perro rompió su correa y no lo pudiste alcanzar hasta que
se detuvo en la canasta de picnic que yo tenia tendida en la manta sobre el
césped. Te disculpaste múltiples veces. Te convencí de que no pasaba nada. Que
era un ACCIDENTE. Te invite un café y aceptaste amable mente resulto que eramos
mas afines de lo que habíamos pensado y quedamos en salir una vez mas. Las
cosas fueron excelente y tras algunas citas mas aceptaste ser mi pareja. Fue
entonces que todo se fue al carajo…”
Detuve las visiones de golpe, no recordé lo que había
pasado. Pero tenia esa noción de que fuera lo que fuera que te había hecho, te
lo merecías. Me llene de horror, no recordé como llegue aquí. Podría
concentrarme un poco mas, si tan solo estos gusanos dejaran de roer mis
entrañas por un segundo…
Y el viento empezó a soplar otra vez…

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